Hace unos días comenzó a circular en redes una imagen del cambio de un letrero del Tren Ligero en la Ciudad de México. Con motivo del Mundial 2026, el sistema de transporte decidió añadir a los señalamientos una traducción al inglés. Donde decía Tren Ligero, ahora dice también Light Train. No tardaron en aparecer las correcciones: debía decir Light Rail. La discusión parecía técnica y la respuesta prístina. Pero no lo era. Traducir no es copiar palabras de una lengua a otra. Traducir es deci(r)dir.

Esto ocurre también en una sola lengua de diversas maneras: no es lo mismo decir “falleció” que decir “murió”. No es lo mismo decir “hicimos todo lo posible” que decir “no pudimos salvarle”. No es lo mismo decir “cariño” que “querida”. Ni “me hace falta” que “necesito” o que “ocupo”. Cada frase señala algo distinto, incluso cuando parece referirse al mismo hecho.

La lengua no transporta significados: los reorganiza. Es hasta tener la última pieza cuando la imagen aparece: Murió mi tío, siempre fue muy cercano a mí, demasiado cercano.

La misma palabra no es la misma palabra: su lugar en la serie se abre como efecto de las anteriores y reorganiza al aparecer. Esto lo vivimos cuando escuchamos a alguien y luego cambiamos sus palabras por las nuestras. Al escucharnos, nos dice que no fue así, sino que tal y tal…

Toda traducción implica una pérdida y, al mismo tiempo, una invención.

Entre Light Rail y Light Train no hay simplemente un error. Hay una elección, una edición que cambia la obra. Rail es más preciso. Train es más reconocible. Uno responde al lenguaje técnico del transporte, el otro responde a los ojos del visitante. Traducir, en ese sentido, no consiste en encontrar equivalencias perfectas, sino en producir un puente que siempre deja algo fuera. Siempre hay un resto, algo que las palabras no dicen y también algo que dicen más allá de lo que queríamos decir.  Ocurre un desplazamiento cada vez que una palabra aparece. 

Nadie dice exactamente lo que vivió. Nadie logra traducir completamente lo que le ocurrió. Entre la experiencia y la palabra siempre aparece un pequeño desajuste. Pero es justamente allí donde algo puede comenzar a decirse. 

Un sueño no lo es sino en su relato, antes de eso es una imagen que aparece toda al mismo tiempo. Ante la traducción de la imagen a las palabras, surge un inevitable orden temporal y así dan secuencia a algo que no lo tenía. Se traduce un lienzo a una cadena de palabras.

Quizá por eso Light Train no sea solamente un error. Tal vez sea también un recordatorio. Cada vez que una lengua se vuelve extranjera —incluso dentro de la propia— aparece ese espacio donde el sentido se mueve, se disloca. Ese espacio, entre lo que era y lo que es, retrata al hablante. Cada hablante tiene su propia lengua. Y con el tiempo, la va cambiando.

Traducir es editar, inventar, poner algo de nuestra cosecha: subir un discurso a un tren que ya venía en marcha.