Al viajar, delante de nuestros ojos se nos presenta el panorama. Las ventanas de los vehículos nos ofrecen una vista amplia, una sensación de plenitud. La mirada se desliza hacia todos lados como la gota que rebota en una superficie líquida luego de convertirse en muchas de ellas. Esta vastedad en la imagen se logra a partir de un distanciamiento. El punto en que la gota que cae se multiplica y llena nuevos espacios, un instante antes de fundirse con el líquido receptor.
Es posible mirar el bosque si se está en un claro, la montaña estando a sus pies, el planeta desde el espacio. Mirar los años de juventud exige madurez, observar la vida entera reclama su fin.
Cuando se está en el bosque, en la juventud, en la carne propia, la visión se colma con aquello que está a unos palmos de la nariz. El desayuno cotidiano, el reporte del día, la boda de este fin de semana. Una cosa y otra van llenando la mirada, como una pintura realizada con puntillismo en la que cerca del comienzo algo se bosqueja, pero la continuidad de los puntos obliga a ver el más reciente y no el lienzo completo.
Esa inmersión de la mirada en el punto último —el último beso, el último amanecer, las últimas palabras— es el lugar en que reside lo que somos. Una larguísima cadena llega hasta su último eslabón, la lluvia termina al caer la última gota. Ese pequeñísimo meteoro nos moja y con ello inunda nuestra experiencia, mientras que otro, distante o techado, ve llover sin mojarse.
Esto lo sabemos y acudimos a otros ojos buscando desahogarnos; pretendemos que pieles ajenas abran un espacio entre nosotros y lo que nos moja, nos eriza, nos sonroja y nos palidece. Pedimos ajenidad para desenfocar nuestra ilusión, lazos a los cuales asirnos cuando la vida nos arrastra.
Mirar de lejos es no estar.